Por: Omar Téllez
La ciudad de México ve paciente el transcurrir de un día más y en el cielo se aprecia ese color anaranjado propio del atardecer. Se está terminando un viernes más; la gente lo sabe y el transporte público se llena de personas que van de regreso a su hogar para descansar y olvidar la semana de trabajo, escuela y obligaciones cotidianas. Algunos otros ven con emoción en andar de las manecillas del reloj; ya casi es la hora esperada.
Desde la salida del metro Balderas se percibe algo distinto. Se ven familias completas, adultos mayores, grupos de jóvenes y algunas parejas, todos caminando hacia la calle de Dr. Lavista, en la colonia Doctores de la delegación Cuauhtémoc: se dirigen a la Arena México.
El origen
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| Salvador Luteroth |
¿Quién iba a pensar que ese viaje de Salvador Lutteroth a Texas, en 1930, iba a desembocar en un estilo de vida llamado lucha libre mexicana?
Ese espectáculo que apreció el llamado “Padre de la lucha libre” despertó la curiosidad del, en ese entonces, joven empresario y comenzó a investigar más del asunto, hasta que el 21 de septiembre de 1933 organizó una función de lucha libre en México, la primera de la Empresa Mexicana de Lucha Libre (hoy llamada Consejo Mundial de Lucha Libre).
Esa función fue encabezada por un enfrentamiento en mano a mano de Cowboy Murph contra Jack O’Brien; la mayoría de los luchadores eran norteamericanos, sin embargo, a partir de ese día se estableció de manera formal en México la lucha libre y comenzaron a surgir gladiadores nacionales que poco a poco se convirtieron en estrellas mundiales.
Las calles de Dr. Lucio, Dr. Carmona y Dr. Lavista se encuentran inundadas de color y sabor; vendedores de máscaras, capas, playeras, películas, luchadores de juguete y réplicas a escala de un ring se encargan de ir contagiando de ambiente al público que poco a poco va llegando a la Catedral de la lucha libre.
Arena México
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| Arena México |
Faltando 10 minutos para el inicio de la función, un lugar tan emblemático como lo es la Arena México no ha llenado ni la mitad de sus localidades.
El recinto más importante para la práctica de la lucha libre en nuestro país fue construido en 1954 e inaugurado el 27 de abril de 1956; sufrió una remodelación para los juegos olímpicos de 1968 y a partir de ahí, su capacidad es de 17,678 personas, aunque por cuestiones de seguridad, solo se ponen a la venta 15,000 localidades.
Antes de la México Catedral, existió en el mismo terreno la Arena Modelo, con capacidad para 3,000 personas.
La pantalla gigante se enciende, en el sonido local se anuncian algunos patrocinadores, la gente del staff sube al ring a comprobar que todo esté en orden y a darle una última apretada a las cuerdas. “Nada está de más para evitar accidentes”, comentan, aunque estos, en un deporte de contacto como lo es el del pancracio, estén a la orden del día.
El riesgo de vivir de la lucha
Todos los que piensan que la lucha libre es una farsa se desengañan cuando asisten a una función y ven los pechos enrojecidos por los golpes o son testigos de una lesión o fractura en plena función.
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| Oro, uno de los luchadores que ha muerto en el ring |
También están aquellos que no terminan de entender hasta que conocen la terrible historia de Oro, un joven luchador que había escalado a la cima del estrellato gracias a sus temerarios lances; el 26 de octubre de 1993, la Arena Coliseo fue escenario de una tragedia.
Era la lucha semifinal y Kahoz le propinó un golpe con el antebrazo al cuello de Oro, quien cayó de forma pesada y con la nuca sobre el ring; puso las manos en su cuello, rodó hacia abajo y no se levantó.
Llegó el personal médico para meterlo a vestidores en camilla y mientras preparaban su traslado al hospital, Oro murió.
Los narradores encargados de llevar la transmisión para la televisión toman sus lugares y de pronto se apagan todas las luces; de inmediato se enciende una luz que apunta al presentador.
“Muy buenas noches, familia mexicana, bienvenidos a la tradicional Arena México” dice alargando las palabras y despertando la emoción de los presentes. Es curioso cómo la expresión de emoción de los más pequeños es idéntica a la de los adultos. Ninguno de los dos puede ocultar su sonrisa ni ese brillo en los ojos que les provoca el hecho de estar a punto de ver a los luchadores que salen en la tele, a esos superhéroes de carne y hueso.
El presentador termina su discurso y enseguida se enciende la pantalla, salen cuatro edecanes que, sin importar el clima, lucen atuendos diminutos y una gran sonrisa, suena la música y sale la primera pareja de luchadores.
Uno enmascarado y otro con la cara descubierta; máscaras y cabelleras, lo más valioso que tiene un luchador; la máscara es el elemento que distingue a la lucha libre mexicana de la que se practica en cualquier otra parte del mundo.
Las máscaras
La primera máscara fue hecha de cuero de cerdo y actualmente está cotizada en 65,000 dólares y a partir de ella, surgió la tradición de cubrir la identidad y adoptar una personalidad ficticia.
Alguna vez mencionó El Santo que los luchadores buscan el reconocimiento sobre el ring y lo que pasa debajo de él es una vida distinta; no les interesa la fama en la calle, porque si así fuera, se quitarían la máscara para que la gente los reconociera.
En los años treinta, “el Hombre Rojo” tuvo la osadía de autonombrarse el mejor luchador del mundo; tal fue su seguridad que prometió quitarse la máscara el día que alguien lo derrotara, pero si el vencía, su rival tendría que desenmascararse o raparse en el centro del ring.
Así inició con la tradición de luchas máscara contra máscara, máscara contra cabellera y cabellera contra cabellera; sin duda, la más recordada es aquella del Santo contra Black Shadow en noviembre de 1952; el embudo de Perú #77 resultó insuficiente y más de 7,000 personas se quedaron afuera.
La lucha duró más de hora y media, los gladiadores terminaron agotados y, finalmente, Black Shadow resultó perdedor y tuvo que dar a conocer su identidad.
El bien contra el mal
Inicia la lucha; la eterna batalla del bien contra el mal se está llevando a cabo en un ring de 6×6 metros, rodeado de cuerdas elásticas y un público que asistió no sólo para ser un ciego espectador, sino para gritar y sacar el estrés de su vida cotidiana.
“En las luchas uno se transforma, gritas, aplaudes y te emocionas. Sales bien relajadito y listo para la otra semana” comenta Germán Ramírez, aficionado al deporte-espectáculo.
Rudos contra técnicos, buenos contra malos, sucios contra limpios
El brillante pasado
En la década de los 50 – época más gloriosa de la lucha libre mexicana- brillaron luchadores de ambos bandos, como Black Shadow, Enrique Llanes, El Santo, Blue Demon, Rayo de Jalisco, Gori Guerrero, Cavernario Galindo, Espanto I y II, Huracán Ramírez y muchísimos más.
Indudablemente, los más apoyados eran los técnicos; en la actualidad, es muy común que los rudos tengan más gritos y arengas de apoyo. Pareciera que la gente se cansó de estar de lado de los buenos, los que sufren pero al final ganan. Ahora quieren estar con los malos, los que se la pasan bien la mayor parte del tiempo.
La lucha termina; esta vez los técnicos salen con el brazo en alto y con la aprobación del público. La gente les aplaude, corea sus nombres y reconoce su esfuerzo.
El ídolo
Por un momento llega la nostalgia del gran ídolo de la lucha libre mexicana, ese luchador que llenaba cualquier arena en la que se presentaba y ese que, amado u odiado, siempre era reconocido por su entrega, talento y carisma. Nos hace recordar la Leyenda del Enmascarado de Plata: El Santo.
El opaco presente
Cuando la función termina, la gente sale apresurada de la arena para abordar el metro, metrobus o cualquier transporte que los lleve a su casa. La magia no se ha perdido, pero es evidente que en la actualidad, la lucha libre no está en su mejor momento.
El público ha dejado de asistir a las arenas y los promotores intentan de forma desesperada crear un nuevo “boom” que genere interés de los aficionados; lucha extrema, en jaula, a oscuras y más han sido experimentos que funcionan para un sector muy reducido, hacen ruido poco tiempo y después vuelven a ser hundirse en el bache.
Varios factores influyen en esta crisis: precios altos, falta de creatividad en luchadores y promotores, una nueva ola de aficionados que prefieren informarse y ver funciones por internet que asistir a funciones en vivo. Incluso la inseguridad que se vive en el país es un factor que aleja a las familias de las arenas.
Un panorama complicado para todos los que viven haciendo la lucha, en la lucha libre; luchadores que han entregado su vida a ese deporte y ahora son conscientes que tienen que dividir su tiempo en el deporte de sus amores y otra profesión que les ayude a solventar sus gastos.
¿La lucha libre está en crisis? Sí, lo está.
¿Cuál es la solución? A ciencia cierta, nadie lo sabe, pero para salir del bache es necesario que todos los involucrados pongan de su parte; luchadores, comisión de box y lucha, promotores, empresarios, medios especializados y aficionados. Todos tenemos parte de culpa y está en todos remediarlo.
Cada día se ve más lejos el surgimiento de un nuevo ídolo del calibre de aquellas estrellas de los años 50.
Habrá que tener paciencia, esperar y hacer lo que nos corresponde a todos lo que estamos interesados en no dejar morir esta tradición; queremos que el deporte espectáculo siga viviendo y no se convierta en sólo un lindo recuerdo.




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